2 paradigmas para justificar la intervención en Venezuela
- Juan Piñón del Río

- hace 2 días
- 6 Min. de lectura
Si prefieres escucharlo, hemos preparado este audio:

El pasado 3 de enero de 2026, una operación militar estadounidense capturó a Nicolás Maduro y lo trasladó a Nueva York para afrontar cargos vinculados con el narco-terrorismo. Detrás de la operación, la Administración de Donald Trump tiene evidentes intereses:
Recuperar el control sobre su esfera de influencia tradicional y debilitar la presencia de China y Rusia.
Amenazar a otros gobiernos no alineados (Cuba, Nicaragua, Colombia).
Aliviar la presión migratoria.
Satisfacer a la oligarquía industrial estadounidense con nuevos mercados y recursos.
Movilizar al voto latino y al electorado MAGA antes de las elecciones de medio mandato (las midterms).
Sin embargo, hoy nos centramos en algo más decisivo para entender cómo se hace posible: el marco ideológico creado para justificar la intervención en Venezuela. Porque, aunque suele escucharse que “en las relaciones internacionales ya no importa la ideología sino los intereses”, sabemos que ninguna intervención en el extranjero funciona sin un relato que la sustente. Ni antes ni ahora...

Las potencias rara vez reconocen intervenir porque les conviene. Siempre necesitan una narrativa que convierta el interés estratégico en deber moral. Durante el colonialismo se justificaba la expansión por “civilizar a los pueblos incivilizados”; en la Segunda Guerra Mundial: “luchar contra los fascismos”; durante la Guerra Fría: “contener al comunismo”. Las palabras cambian, pero la función de legitimar la fuerza bajo el velo de unos valores se mantiene. Y es que todo imperio, incluso el más orgulloso, necesita sentirse "el bueno”.
Los Estados Unidos han perfeccionado este arte en los últimos tiempos. John Coatsworth (Universidad de Columbia) cifra en al menos 41 los casos en los que EE. UU. intervino “con éxito” para cambiar gobiernos en América Latina entre 1898 y 1994. Todos con su correspondiente relato justificador. Ese historial habla de una capacidad recurrente para producir legitimidad y presentar la fuerza como necesidad. Y por eso la pregunta de fondo no es qué ha hecho EE.UU. en Venezuela, sino cómo lo convierte en defendible: ¿Qué marcos doctrinales se activan para hacer posible una intervención como la del 3 de enero?
1. Primer paradigma: la “guerra contra el terror”
La doctrina de la “guerra contra el terror” se popularizó tras los atentados del 11-S y está basada en una narrativa tripartita:
Un grupo terrorista (Al-Qaeda).
Un régimen ilegítimo que ampara o no controla al anterior (los talibanes).
Una amenaza existencial a la seguridad de los EE. UU. (el terrorismo yihadista).
Esa estructura se ha reactivado casi intacta, solo que con otros protagonistas. Hoy el régimen hostil es el de Venezuela, el grupo terrorista es el Cártel de los Soles con Maduro a la cabeza y la amenaza ya no son los atentados, sino el envenenamiento de la sociedad estadounidense con drogas duras. En palabras de Trump en Truth Social:

Por tanto, al igual que en Afganistán tras el 11-S, la operación del 3 de enero se presentó como un asunto de Seguridad Nacional que exigía actuar frente a una amenaza transnacional. Y como el marco del terrorismo yihadista no sirve para Venezuela, la Administración Trump se ha esforzado por impulsar el término narcoterrorista.
Pero… ¿desde cuándo un criminal narcotraficante es un terrorista?
En enero de 2025, la Casa Blanca firmó una orden ejecutiva para crear un proceso que permitiera designar a cárteles internacionales como Foreign Terrorist Organizations (FTO) o Specially Designated Global Terrorists (SDGT). Ese proceso se activó de inmediato: en febrero de 2025, el Departamento de Estado publicó la designación como FTO de varias organizaciones criminales, incluyendo el Tren de Aragua y el Cártel de Sinaloa (entre otros).
Poco después (julio de 2025), el Departamento del Tesoro designó al Cártel de los Soles como SDGT, describiéndolo como «un grupo criminal con sede en Venezuela, dirigido por Nicolás Maduro Moros y otros altos cargos del régimen de Maduro, que proporciona apoyo material a organizaciones terroristas extranjeras que amenazan la paz y la seguridad de Estados Unidos, concretamente a Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa». Finalmente, en noviembre de 2025, el Departamento de Estado anunció la designación del propio Cártel de los Soles como FTO.

La jugada es evidente: presentando al jefe de Estado como parte de una estructura criminal y a esa estructura como terrorista, la duda moral y legal para usar la fuerza disminuye. Además, esta recategorización puede operar como una solución a otro problema: enmarcarlo como “contraterrorismo” desactiva parte de la crítica legal y política interna que reclama que el Congreso es quien decide si se inicia una guerra, especialmente si la operación deriva en una presencia prolongada o en control político del terreno.
En este sentido, la operación de 2026 no se basa en un paradigma rupturista, sino en una adaptación geográfica y conceptual de la doctrina de la “guerra contra el terror”.
2. Segundo paradigma: la Doctrina Monroe (y su “Trump Corollary”)
La Doctrina Monroe, enunciada en 1823 (“América para los americanos”), nació como un mensaje de disuasión: impedir que las potencias europeas recolonizaran o interfirieran en el continente. Pero con el tiempo —y, sobre todo, con el Corolario Roosevelt de 1904— esa idea se transformó en otra cosa. Ya no era solo defenderse frente a la injerencia europea sino reservarse un derecho de intervención.
Washington empezó a erigirse como el policía internacional en su vecindario con el argumento no sólo de prevenir agresiones extranjeras sino también “desórdenes crónicos”. De Cuba a Haití, Nicaragua a Panamá, la doctrina funcionó como herramienta para contener rivales y proteger intereses económicos y corporativos a la vez (entre ellos, los asociados históricamente a la United Fruit Company).
Más de un siglo después, el Plan de Seguridad Nacional de 2025 revivió esa lógica con palabras casi calcadas:

El texto no deja lugar a dudas: se trata de una reactivación plena de la Doctrina Monroe, envuelta en el lenguaje de la seguridad del siglo XXI. La prioridad vuelve a ser “nuestro hemisferio”. El mensaje es "América para los estadounidenses". Eso significa volver a convertir América Latina en lo que ellos consideran su "patio trasero". En este marco, Venezuela aparece como un caso idóneo: por su valor energético, su vinculación con la izquierda, su dimensión migratoria y su capacidad de condicionar el comportamiento de otros gobiernos de la región.
Hemos visto que las dos doctrinas son complementarias y juntas realizan la misma función: hacer aceptable lo excepcional. Una aporta la amenaza (el narcoterrorismo), la otra un espacio geográfico (nuestro hemisferio). Ambas tratan de convertir una operación de fuerza en un acto de responsabilidad.
¿Crees que las ideas de exportar la democracia o el anticomunismo también serán utilizadas?
Desde Politikea creemos que entender el mundo pasa por preguntarnos cómo los actores políticos convierten el uso de la fuerza en algo necesario. Identificar esos paradigmas —y debatir sus límites— puede ayudar a comprender otras perspectivas y lograr acuerdos que eviten la confrontación. Si crees en un espacio donde podamos contrastar ideas desde el respeto, escuchar a quienes no piensan como nosotros y explorar nuestras ideologías con diálogo...¡Únete a la comunidad!





Magnífico artículo, he comprendido más leyéndolo que todos estos días con prensa, televisión y radio.